POR LA VIA DE LA VIOLENCIA
A principios de septiembre, el conflicto generado en las estaciones de tren de Ituzaingó y Castelar, en Buenos Aires, desnudó las redes de violencia simbólica que subyacen a los servicios privatizados.
Estado, empresa y usuarios son parte del triángulo que protagonizó conflicto desatado en las vías del ex Ferrocarril Sarmiento, caracterizado por la necesidad de encontrar un culpable.
Los medios de comunicación se sumaron al conflicto, con su particular modo de construir la noticia.
“Las penosas condiciones en las que viajan a diario los usuarios del ex ferrocarril Sarmiento se agravaron ayer, con el incendio de una formación y la interrupción del servicio durante más de seis horas, episodios que el Gobierno atribuyó a un “sabotaje” que adjudicó a activistas de agrupaciones de izquierda. Ocho vagones, de los más modernos con que cuenta la línea, fueron destruidos por el fuego. También fueron siete las personas detenidas, acusadas de “robar máquinas expendedoras de boletos”, según afirmaciones del ministro de Justicia y Seguridad, Aníbal Fernández. Dirigentes de las organizaciones aludidas –el Partido Obrero, el Movimiento Socialista de los Trabajadores y Proyecto Sur– rechazaron las acusaciones y repudiaron las afirmaciones del ministro” ( Otro día de furia en las vías del Sarmiento. Diario Página 12. Jueves 4 de septiembre de 2008)
“(…) A las siete y media, un chispazo en el primer vagón de un tren que marchaba hacia Once hizo que la formación se detuviera en Castelar. Después hubo un fogonazo. La gente comenzó a impacientarse. Como las puertas estaban enclavadas no se abrieron y eso disparó el pánico entre los pasajeros, que no podían ni siquiera moverse, ya que a esa hora se viaja, dicen los usuarios, “nariz con nariz”. (Crónica de un amanecer violento. Diario Crítica de la Argentina. Viernes 5 de septiembre de 2008)
Hasta aquí, un breve resumen de los hechos acaecidos según dos medios nacionales que reflejaron la noticia a modo de acuerdo a lo ocurrido, describiendo el suceso y sus protagonistas: usuarios, estado y empresa.
Pero, sobre la base de estos relatos, vale la pena realizar un análisis más profundo de la situación en la que la violencia como medio de expresión de la existencia subyace y se posiciona como el elemento que atraviesa cada una de las reacciones que surgieron a merced del accidente.
Si se hace un repaso cronológico de los hechos, son los usuarios del servicio de trenes los que aparecen como los “culpabes” ya que tras la demora en la llegada de este medio de transporte, fueron los encargados de prender fuego a los vagones de otro tren ocasionando un caos que –durante ese día- no solo derivó en el cese total del curso del tren, sino que desató un conflicto en el que unos y otros se ocuparon de buscar culpables. Los usuarios reaccionaron cuando una formación del ex Sarmiento quedó detenida en la estación Ituzaingó y justificaron su accionar culpando a la empresa TBA, que desde 1995 es el concesionario del servicio público de las líneas Mitre y Sarmiento.
La empresa, por su lado, habló de un sabotaje deslindándose de este modo de la responsabilidad que le cabe en el correcto funcionamiento del servicio que prestan a la comunidad. En este sentido también se manifestaron los representantes del gobierno nacional, que responsabilizaron al Partido Obrero, el MST y a la agrupación que orienta el cineasta Pino Solanas de los hechos acontecidos.
Buscando a los culpables del hecho, las verdaderas causas de la violencia desatada quedan relegadas, cuando un análisis de éstas resulta imprescindible para comprender la reacción inmediata de los usuarios que prendieron fuego los vagones del tren, además de “destrozar dos autos, dos motos y dos bicicletas”, según declaraciones hechas desde el gobierno nacional.
Para entender qué se esconde detrás de esa violencia, hay que pensar en los usuarios como individuos cuya subjetividad está enraizada en el cuerpo, en tanto que es el espacio donde ésta se constituye. Carpintero[i] dice que el cuerpo está compuesto por los aparatos psíquicos, orgánico y cultural, donde los dos primeros establecen una relación de contigüidad, que respecto al tercero ambos se incluyen donde el cuerpo se forma a partir del entramado de los tres aparatos, constituyéndose la subjetividad a partir de la intersubjetividad gracias a que la cultura está en el sujeto y éste se encuentra en la cultura. Estos conceptos sirven de marco para entender los hechos anteriormente descritos ya que no se puede individualizar a los usuarios, ya que éstos no son sino productos de la cultura y de la sociedad en la que están inmersos.
En cada sociedad, las instituciones cumplen un rol fundamental en tanto contenedoras y formadoras de la subjetividad de los individuos; concebidas como “un constructo en el que intervienen los otros, que se afianza en nuestra subjetividad a través de metáforas, de símbolos y de signos, que dan formal al mundo, e incluso al yo”[ii].
Para Durkheim[iii], las instituciones se pueden caracterizar como instancias reguladoras de lo social, constructoras de la moral, siendo los espacios más adecuados para volver a reconstruir las representaciones colectivas y para lograr la cohesión y la coerción social.
Pero, ¿qué pasa cuando las instituciones que contienen a los individuos entran en crisis? ¿Qué sucede al interior de una sociedad cuando ésta ha perdido los valores?
Para responder estos interrogantes, es preciso citar nuevamente a Durkheim con su concepto de anomia generalizada, entendido como el estallido de la sociedad que provoca niveles de angustia en el ser humano. Bajo este concepto, el individuo queda librado a su propia suerte, no encontrando sentido de pertenencia en una sociedad que no se hace cargo de él.
En un contexto social de fragmentación de las identidades, ruptura del lazo social, estado de anomia generalizada e instituciones desbordadas cotidianamente, la integración social muestra su obsolencia y se hace necesaria la búsqueda de nuevas formas en las que los sujetos puedan expresar su socializad y autorreconocimiento.
Todos estos conceptos esbozados hasta el momento sirven para entender las reacciones de los usuarios del tren, en tanto individuos integrantes de una sociedad que se caracteriza -en términos de Touraine[iv]- por dos aspectos que la atraviesan: la desinstitucionalización y la desocialización. Este último aspecto, entendido como “la desaparición de los roles, normas y valores sociales mediante los cuales se construía el mundo vivido” enmarca el surgimiento de la violencia ya que cuando un sujeto no cuenta con ningún proyecto de vida, cuando los símbolos institucionales están atascados o desfallecientes, representados en la desaparición de los espacios- soporte institucionales, es más fácil que se incline hacia la violencia.
Habiendo delineado estas concepciones, se puede concluir -acerca de cómo la violencia es utilizada como medio de expresión-del siguiente modo:
El fin del Estado de Bienestar ha favorecido la privatización de los servicios; ante esta retirada del estado y una empresa que –actualmente- no responde a las prestaciones por las cuales ha licitado el servicio de ferrocarriles, los individuos (usuarios del servicio) se refugian en la incertidumbre y en un resentimiento social que los lleva a manifestarse a través de la violencia.
Entonces, ¿son los usuarios los culpables del caos desatado en las vías del ex Ferrocarril Sarmiento? O, ¿Son tan solo víctimas de su existencia en el marco una sociedad fragmentada, un estado en retirada y una empresa más preocupada en su imagen que en el correcto funcionamiento del servicio que presta?
La violencia engendra violencia. ¿No es la violencia simbólica -entendida por Pierre Bourdieu[v] como la aseguración de la dominación de una clase sobre otra aportando el refuerzo de su propia fuerza las relaciones de fuerza que las fundan- que se ejerce desde los más altos estamentos de la sociedad, la que provoca reacciones como las ejercidas por los usuarios del ferrocarril?
Para finalizar, solo queda por analizar un último protagonista que se suma al triangulo conformado por los usuarios, el estado y la empresa. Se trata de los medios de comunicación, que con su particular forma de relatar los hechos, le dan sentido a la noticia. Sin ahondar demasiado en la temática –ya que merece una investigación que no ha lugar en este trabajo- es necesario destacar su función como formadores de opinión en una sociedad democrática. Por eso, en un conflicto como el ejemplificado en este ensayo, es fundamental su trabajo en la reconstrucción de los hechos, tratando de reflejar con la mayor objetividad posible lo sucedido.
[i] Carpintero, Enrique (2003). “Las pasiones y el poder en la construcción de nuestro mundo subjetivo”. Exposición realizada en el Primer Congreso Patagónico de Sociedad, Psicología y Cultura. Trelew, Argentina.
[ii] Coronado Arias, David (2007. “La violencia en la formación de la subjetividad”. En Scribiani y Luna (Coord.) “Contigo Aprendí”. Ed. Universidad de Guadalajara- Universidad Nacional de Córdoba. Pp- 149-172
[iii] Durkheim, Emile (1982). “La división del trabajo social.” Akal. Madrid.
[iv] Touraine, Alan (1997). “¿Podremos vivir juntos? Ed. FCE. México.
[v] Bourdieu, Pierre (1977). “Sobre el poder simbólico” en “Intelectuales, política y poder” (1999). Editorial Universitaria de Buenos Aires. Buenos Aires, Argentina.
*Trabajo final correspondiente al módulo:“La sociedad contemporánea y la violencia como expresión de la existencia”, de la Diplomatura en Periodismo.
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